El Buda histórico Sakyamuni nació hace aproximadamente 2600 años en el norte de la India. Después de una larga búsqueda, reconoció la naturaleza de la mente en meditación profunda y alcanzó la Iluminación. Buda enseñó durante 45 años en la altamente desarrollada cultura de la India. Sus enseñanzas, que hacen a los seres carentes de miedo, gozosos y amables, son la principal religión en varios países del Asia oriental. Desde principios de los setenta, la profunda visión budista con su vasto número de métodos ha inspirado y fascinado a un creciente número de personas independientes en las culturas occidentales.

La vida del Buda

Nació en medio de una familia real hace aproximadamente 2600 años, su estirpe había llegado al norte de la India pocos siglos antes, durante las grandes migraciones provenientes de lo que hoy es Ucrania. Perteneció a la casta guerrera, y los textos lo describen como alto, fuerte y de ojos azules. La tierra de sus padres quedaba en lo que hoy es la frontera sur de Nepal, cerca de la ciudad de Kapilavastu.

Un intenso sueño de la madre anunció el embarazo. La alegría de los padres fue muy grande cuando la madre dio a luz un niño hermoso y sumamente fuerte, y que además nació de pie. Sin embargo, poco a poco empezaron a reflexionar sobre las muchas cosas inexplicables que sucedían en torno a su hijo. Cuando dio sus primeros pasos aparecieron flores sobre la tierra que había pisado.

Invitaron entonces a tres sabios para que predijeran el futuro de su hijo, a quien le habían dado el nombre de Siddharta Gautama. La apreciación de todos fue la misma: “El joven es muy especial. Si no entra en contacto con el sufrimiento del mundo, realizará todo lo que ustedes desean de él. Como guerrero y héroe vencerá a todos los reyes vecinos, y ustedes estarán orgullosos. Pero si se da cuenta de que el mundo es en sí mismo condicionado y que por lo tanto no puede brindar una felicidad duradera, lo abandonará todo. Desarrollará una visión nueva e iluminada, y la llevará al mundo”.

Puesto que ellos deseaban un soberano, rodearon al príncipe en su crecimiento de todo aquello que un hombre joven y sano desea: 500 mujeres bellas, posibilidades para practicar los deportes, el arte de la lucha y la recreación, y las mejores condiciones para su educación intelectual. Rápidamente lo dominó todo, y lo que adicionalmente deseaba, lo obtenía con sólo señalarlo. Como su subconsciente no contenía nada perturbador de vidas anteriores, tampoco había ninguna impresión desagradable que pudiera madurar en él. Y así, experimentó durante 29 años sólo niveles cambiantes de alegría. Pero después su mundo se puso de cabeza.

Durante años se mantuvo todo lo perturbador alejado del joven príncipe Siddharta Gautama, hasta que a los 29 años éste abandonó por primera vez el palacio. En tres días consecutivos vio a un enfermo sufriendo fuertes dolores, luego un viejo completamente decrépito, y finalmente, un muerto.

La comprensión de que estos sufrimientos forman parte de la vida de los seres le quitó la tranquilidad, también se dio cuenta de que no podía encontrar nada que pudiera ofrecer a sus seres cercanos como refugio. Tanto afuera como adentro, sólo había transitoriedad. Nada tenía una existencia real y verdadera.

A la mañana siguiente, el príncipe pasó junto a un hombre que estaba sentado en profunda absorción. Cuando sus ojos se encontraron, sintió el futuro Buda como una descarga. De inmediato supo que estaba tras la huella de lo que buscaba. Este hombre le reflejaba algo intemporal. A través de él se acercó al reluciente espejo detrás de las imágenes, al océano debajo de las olas. Tenía que haber un experimentador que percibiera las cosas. Solo la mente podía estar en capacidad de abarcar los pensamientos y sentimientos, así como las situaciones y los mundos. El futuro Buda comprendió de repente que tenía que haber algo entre y detrás de las apariencias y las impresiones.

Ver al meditador le permitió comprender que la mente que percibe es indestructible, que todo lo posibilita y lo sabe, que su claridad radiante que juega libremente permite que todo suceda, y que el amor ilimitado lo mantiene unido todo. Entonces, ¡eso era! En un instante el príncipe entendió que la verdad no condicionada, que había buscado, no es otra que la propia mente. Pero, por supuesto, el solo conocimiento sobre el experimentador no es suficiente. El Buda conocía ahora la meta, pero todavía tenía que encontrar el camino hacia ella.

Así que terminó abruptamente su rica vida y huyó en la noche del palacio a los bosques y colinas del norte de la India. Ahora tenía una gran meta: reconocer la intemporal esencia de la mente.

Puesto que el futuro Buda deseaba el perfecto conocimiento de la mente para el bien de todos, no se sintió demasiado refinado para ninguna práctica, y aprendió en todas partes, sin ningún orgullo. Ya en esa época, como también durante el casi contemporáneo florecimiento espiritual de Grecia, existían en el norte de la India todas las corrientes de pensamiento conocidas. Siddharta no sólo aprendió con los maestros más eminentes, sino que además los sobrepasó muy rápido. Cuando tuvo la claridad de que los maestros no sabían de la intemporal esencia del experimentador, y que tampoco podían señalar nada estable y digno de confianza, les agradeció y continuó su camino siguiendo a los famosos ermitaños del bosque.

Después de seis años de aprendizaje y meditación en las llanuras del norte de la India, que en ese entonces eran boscosas y agradables, maduraron las promesas que había formulado el joven príncipe en incontables vidas. Finalmente deseó reconocer la esencia de la mente para beneficio de todos. Para tal fin eligió un lugar que hoy se llama Bodhgaya. Cuando el Buda llegó allí, se sentó bajo un frondoso árbol con la fuerte decisión de permanecer absorto hasta alcanzar la meta y estar en capacidad de beneficiar a todos los seres. Después de seis días y seis noches ricos en experiencias sublimes, en la séptima mañana obtuvo la iluminación. Esa mañana de la luna llena de mayo, hace cerca de 2425 años, fue su cumpleaños número 35 y, 45 años más tarde, fue también el día de su muerte. En un instante se desvanecieron los últimos velos de los conceptos fijos en su mente y hubo sólo un omnímodo aquí y ahora. Toda separación en tiempo y espacio experimentada hasta ese momento desapareció, y pasado, presente y futuro se fundieron en un estado radiante de deleite que todo lo contenía. Así se convirtió en conciencia radiante. Con cada célula lo conocía todo, y era todo.

Durante las primeras siete semanas después de su realización permaneció el Buda sentado bajo el árbol. Seguramente para que su cuerpo se acostumbrara a las inmensas corrientes de energía de la Iluminación. En este tiempo lo visitaron, sobre todo, muchos dioses que obtuvieron su bendición y tomaron refugio en él. Como también les sucedió más tarde a los seres humanos más talentosos, ellos no lo percibieron como un hombre, sino como un espejo de su propia naturaleza búdica. Gracias a su ejemplo pudieron ellos dirigir sus valores hacia lo que realmente es confiable.